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Gracias Señor, por mi hija

Hoy voy a intentar escribir una experiencia que estoy viviendo. No se en que quedará, pues me he dado cuenta de que es mucho mas fácil escribir sobre cosas insustanciales, o sobre cosas imaginadas, que sobre una misma, sus sentimientos, sus inquietudes y sus vivencias.

Últimamente mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados, que es el máximo giro que se puede dar. Me estoy dando cuenta de que casi nada de lo que yo “aprendí” durante toda mi vida ahora no me sirve y hago extensible estos cambios al ámbito religioso. Tengo dos hijas maravillosas a las que yo siempre les encontraba pegas, porque claro ellas no pensaban lo mismo que yo, y querían vivir su vida y no la que a mi me hubiera gustado que vivieran.

De todo esto lo que más me hacia sufrir era que no les gustase ir al a Iglesia, yo pensaba, bueno es cosa de los jóvenes de hoy día, pero un día mi hija mayor me dijo que ella no creía que Dios existiera y que después de la muerte no había nada mas. Como siempre, yo no supe que contestarle, digo como siempre, porque cuando hablo con ella, la mayoría de las veces no sé que decirle, sobre todo en cosas de religión, y me doy cuenta de lo poco que “aprendí “y que entre aquí también el ejemplo que pude haberle dado. Digo esto porque algunas veces me ha recriminado que de que me servía ir tanto a la Iglesia si era incapaz de hacer otras cosas que ella creía que hubiera sido más provechoso para alguna otra persona. En esos momentos, a mi me molestaba que me lo dijese, porque hacer eso me resultaba molesto, pero que ahora comprendo que era puro egoísmo y pura comodidad, por mi parte, cosa que ella no tiene, ella es mucho mas generosa que yo. Todas estas vivencias que he tenido con mi hija me han hecho reflexionar. Lo que me ha llegado muy hondo en mi corazón, fue no hace mucho tiempo, que hablando conmigo, no recuerdo de que hablábamos,  me dijo: “Estoy muy orgullosa de ser mujer y de haber nacido en donde he nacido. Si yo creyera daría gracias a Dios, pero como no creo daré gracias a la naturaleza o a lo que sea. También doy muchas gracias por la familia que tengo que es maravillosa, por mis amistades, pues tengo unos amigos y amigas “chapó” También doy gracias por mi salud, yo sé que no es estupenda, pero cuando voy al hospital y veo la cantidad de gente que está peor, pues eso, doy gracias”.

Me quedé sorprendida, desconcertada, pero a la vez sentí que eI corazón se me abría. Siendo como es que mi hija es diabética insulinodependiente, tiene un lupus que casi se la llevó al otro mudo, ahora está controlado y antes de las Navidades pasadas le quitaron un cáncer y todo el tiroides.

¿Que clase de cristiana, de creyente, o de lo que sea soy yo? Nunca le he dado gracias a Dios con ese convencimiento que tiene mi hija. Es más, debo de estarle inmensamente agradecida a Dios por el regalo tan valioso que me hizo al darme una hija como ella. La pena que tengo es que han tenido que ocurrir muchas cosas antes de darme cuenta de Su regalo, el cual me he pasado media vida intentando cambiarla, cuando la que tenía que haber cambiado era yo, y es posible que nos hubiéramos entendido mejor.

Pienso que Dios no puede dejar de su mano a alguien como mi hija, ni a nadie por supuesto, pero yo con mi egoísmo de madre pienso y espero que va a tener la ayuda de Dios.

Pepita

Un comentario para “Gracias Señor, por mi hija”

  • Rosa Mª Giner Llorens:

    Pepita, puedes tener la certeza, que a tu hija nunca le faltará la ayuda de Dios. A nadie le falta la ayuda y los cuidados de Dios Padre, todos somos sus hijos, y nos quiere con un amor infinito. Para Dios cada uno de nosotros somos únicos, y nos conoce por nuestro nombre, y nos busca cuando nos salimos del camino. Recuerda la parábola del Buen Pastor, la de los Lirios del campo, y los pájaros, Dios no nos deja nunca Pepita, somos nosotros los que a veces nos alejamos de El. Que la paz de Dios llene tu vida, y tú la hagas llegar a tu familia y todos los que te rodean. Con todo mi cariño. Rosa Mª

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La Frase:

No el mucho saber harta y satisface al ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente. — Ignacio de Loyola

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